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Altaverapaz, las grutas del Rey Marcos

El día está espléndido, la carretera parece jalar al automóvil que busca el camino hacia San Juan Chamelco, de ahí a sólo seis kilómetros por un camino de terracería se encuentra uno de los sitios más impresionantes del territorio guatemalteco, las Grutas del Rey Marcos.

La apacible agua del balneario Cecilinda, no indica para nada que unos metros más arriba se encuentra un mundo perdido de la civilización, en donde a oscuras y con la compañía del eco se esconden unas preciosas esculturas naturales de piedra, producto del arte de la naturaleza, en donde el agua ha moldeado caprichosamente, formas similares a imágenes religiosas o arquitectónicas.

El recorrido inicia cuando Iván, el propietario y guía, nos cuenta un poco sobre la historia de este enigmático lugar, fuente de energía y de celebraciones religiosas. Luego de escuchar atentamente anécdotas interesantes sobre el sitio y de conocer cómo fue descubierto por él, vamos en busca de un par de botas de hule y un casco con linterna incorporada, utensilios indispensables para iniciar la aventura.

Para arriba

Caminamos durante cinco minutos hasta llegar a la entrada, la abertura de medio metro no presenta ningún impedimento para ingresar, al menos para mí, ya que otra de las personas que me acompañan, de complexión robusta, parece entrar justo por el diminuto agujero.

Ya adentro, Iván toma la delantera y avanza por una reducida escalera que nos transporta a un espacio un poco más amplio en donde a no ser por los cascos protectores, la cabeza ya tendría más de algún chichón. El rumor del río se va incrementando a medida que avanzamos y nuestras botas se sumergen casi en su totalidad en el agua fría que corre entre las picudas piedras, un viento ligero se cuela y las esculturas empiezan a aparecer poco a poco.

Un lazo parece ser el vínculo que evitará que no caigamos arrastrados por la corriente del río o bien la señal del camino que, cual Hansel y Gretel, queremos dejar para no extraviarnos.

Entre subidas y bajadas avanzamos hacia adentro, llevamos ya 10 minutos y el clamor del agua más las imágenes de piedra invaden mi mente con la idea de que estamos a punto de presenciar una magnífica obra de arte. Sin embargo, la llegada hacia el final accesible de la cueva me trae de nuevo a la realidad y me hace prestar atención a lo que Iván comenta. Luego ya en tierra o barro firme, apagamos las luces de los cascos y hacemos un minuto de silencio para poder percibir esa energía que aprisionada en este lugar pudiera ser el origen de la vida de los cobaneros, según las leyendas.

Energía, magnetismo o lo que sea, la paz es la máxima sensación de esta experiencia, el cuerpo se relaja, pese a que aún le falta recorrer de nuevo el mismo tramo de regreso y la mente se pone en blanco mientras cubrimos nuestros rostros con barro. Unas cuantas fotos no bastan para captar lo que estas grutas encierran, y pese a que sabemos que es hora de volver, la tranquilidad que nos invade paraliza nuestros pies instándonos a permanecer un rato más.

Ya de vuelta, el camino se hace más fácil, entre resbalones y risas llegamos de nuevo al boquete de entrada. La diferencia es obvia en nuestro atuendo, vamos completamente cubiertos de barro, pero con una sonrisa en los labios y una enorme tranquilidad reflejada en el rostro.


Un cerro sagrado

Iván cuenta que cuando su padre quizo sembrar en los alrededores de la cueva, antes de ser descubierta, los ancianos del lugar le indicaron que debía pedir permiso al Señor del Cerro. Incrédulos, los propietarios no comprendían por qué razón debían hacer algo semejante, pero accedieron a los requerimientos porque nadie iba a estar dispuesto a trabajar en el lugar sin pedir permiso.

Sin embargo, esto los motivó a averiguar las razones por las cuales este cerro era más importante que cualquiera de las prominencias vecinas. Una anciana les relató una serie de historias que les hizo comprender que desde hacía muchas generaciones el lugar era considerado de importancia para los habitantes.

Cuando descubrieron la cueva, los propietarios fueron testigos de una serie de ofrendas cerámicas que habían estado guardadas por, al menos, dos mil años. Ello evidenció la reverencia que tuvieron los antepasados de los actuales habitantes por el lugar.

La cueva aún ofrece muchos misterios, y el visitante puede asomarse a algunos de ellos con el respeto de lo que aún nos queda por conocer.

La Grutas del Rey Marcos fueron descubiertas en octubre de 1998 y abiertas al público en enero de 1999. En tiempos precolombinos era un centro ceremonial, aunque actualmente se realizan en ellas ritos debido a que se supone que aún existe una gran concentración de energía en el lugar.

Se encuentran ubicadas en el balneario Cecilinda a seis kilómetros de San Juan Chamelco en Alta Verapaz.

Redacción viajes