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Cancuén, lugar de serpientes

Descubierta hace casi un siglo, visitada por los primeros arqueólogos, mapeada hace tres décadas y trabajada hasta hace unos meses, Cancuén guarda muchos secretos que esperan ser susurrados al oído del viajero que gusta de la aventura.

Nuestra curiosidad había sido despertada por un amigo que redactó un artículo sobre los recientes descubrimientos en una vieja ciudad maya. Los relatos sobre un magnífico palacio, tan grande como una Acrópolis tikaleña, nos recuerdan un panel de Dos Pilas que acabamos de ver en el Museo de Arqueología, donde el soberano aparece acompañado por su esposa, una dama de esta gran ciudad que no ha sido muy publicitada.

Salimos de la capital a buena hora, llegamos hasta Cobán entre las anécdotas, comentarios, bromas y chistes de nuestros anfitriones. Uno a uno se ven muy formales, son miembros de la Asociación de Operadores de Turismo, pero juntos son dinamita, las risas no paran. Las más de cuatro horas de camino por una buena carretera no se sienten. Allí nos espera el organizador del viaje, del Hostal de Doña Victoria.

A las 5:00 de la mañana siguiente nos espera un desayuno típico, necesitaremos esa energía para la caminata. Abordamos tres vehículos de doble tracción y, acompañados de una patrulla policial, salimos a nuestra aventura. En la cuesta de La Ventana las grandes peñas impresionan menos que el espléndido paisaje y la vegetación. Seguimos contando anécdotas y hablamos respecto a nuestras diferentes lecturas sobre Cancuén, los directores del proyecto, Tomás Barrientos, de la Universidad del Valle, Arthur Demarest, de la Vanderbilt, y de sus investigaciones. A lo largo del camino podemos ver el oleoducto. Al llegar a La Isla nos espera el confiado lanchero. En el cayuco nos sentimos transportados a los tiempos idos de la grandeza maya. Según los arqueólogos, la riqueza de Cancuén se debía a que está situada justo en la confluencia natural entre las Tierras Altas y Bajas. Su intenso comercio la hizo punto de paso para muchos viajeros. Los señores de la ciudad aprovecharon esa ventaja y la convirtieron en una gran urbe, que se relacionó con otras grandes metrópolis del Período Clásico, como una alianza con Machaquilá.

Nos imaginamos lo que sentirían los comerciantes que se dirigían a la gran ciudad sobre las aguas del río, junto al vuelo de las garzas que pasan frente a nosotros. Después de viajar algo más de una hora llegamos a una orilla empinada. Con la ayuda de un lazo subimos la cuestecilla y empezamos a recorrer un sendero abierto que nos permite avanzar sin dificultad, hasta que notamos que estamos en la gran ciudad: los montículos nos señalan la ubicación de las regias residencias que albergaron a los nobles y soberanos de Cancuén. Los restos de estelas conmemorativas nos indican lo que fue su emplazamiento original, altares circulares están en el suelo, piedras de las viejas estructuras están diseminadas por todo el lugar.

Nuestra impresión es indescriptible. Queremos sentir lo que vivieron los primeros exploradores. Algo así vio Modesto Méndez en Tikal hace más de un siglo. Estamos frente a la grandeza ida de Cancuén. Antes que los científicos llegaron los depredadores, y por esa razón vemos agujeros abiertos y troncos puestos por los arqueólogos para evitar los desplomes. Nuestro guía no es experto, así que nos lleva de un lugar a otro sin indicarnos exactamente por dónde transitamos, sólo nos muestra un terreno plano y dice: 'allí trabajaron los norteamericanos', se refiere a la excavación conjunta con los guatemaltecos. Todo lo que vemos es magnífico, es como ser los primeros descubridores. Antes de dejar el sitio, vemos una mazacuata en un árbol, todos quieren fotografiarla pero yo la dejo tranquila, estamos en su casa y no fuimos invitados. Seguimos el sendero y salimos a un terreno plano y despejado, imagino que así debió ser la plaza, amplia, para recibir a todos los súbditos y visitantes. Unos ranchitos permiten que quienes acampen puedan preparar sus alimentos y, un poco más lejos, están los servicios sanitarios. No nos detenemos. Luego, llegamos a la parte plana, nos sentamos en la hierba, bebemos agua y esperamos que la lancha llegue por nosotros.

Buenos recuerdos

Abordamos la lancha y seguimos río arriba, esto hace el viaje más lento de regreso. El sol está en todo su esplendor, pero de repente una nube nos cubre y, dos minutos después, los ríos celestes se desbordan. La lluvia no cesa por una hora, las bromas no pararon, brotan de cada compañero y hacen el chaparrón más llevadero.

Estuvimos dos horas en contacto con los señores de Cancuén, pero también con los plebeyos, que cantaron, rieron, amaron, sufrieron y disfrutaron de sus días sin saber que nosotros nos enriqueceríamos de su paso por la vida.

Para llegar

Al salir de la ciudad de Cobán se conduce, en un vehículo de doble tracción, por la carretera hacia Chisec, luego se toma el desvío hacia Raxuha y de ahí hacia La Isla. En ese lugar se alquila un cayuco con motor fuera de borda. Generalmente estos transportes son para llevar granos, por lo que no cuentan con comodidades para personas y los conductores no están especializados en atender turistas, aunque son muy amables. Antes de aventurarse a Cancuén es necesario hacer contacto con quienes alquilan los vehículos y las lanchas, porque éstas son escasas. Ya que parte de la carretera está en construcción deben tomarse mayores medidas de precaución, sobre todo en La Ventana. Los operadores de turismo aún no planean incluir este destino en sus productos, porque no hay servicios adecuados para atender al turista.

Redacción viajes